¿Puede el amor triunfar sobre el prejuicio? “Un rubor se apoderó de Amalia al recordar dónde y con quiénes estaba, y quién era ella: una chica judía de la clase alta argentina con un cosquilleo en el vientre ante la mirada de… ¡un nazi!” Buenos Aires, 2008. El hallazgo de un manuscrito familiar por parte de una joven recién llegada de España la transportará al pasado y a la historia de un amor que desafió los paradigmas de la época y se atrevió a soñar lo imposible. Hotel Edén, Córdoba, 1940. En plena Segunda Guerra Mundial, la Argentina elige ampararse detrás de una dudosa neutralidad. Amalia, bella hija de un próspero empresario porteño de origen judío, disfruta de las vacaciones junto con su familia en el mítico hotel cordobés, ícono del lujo. Allí se hospeda también un grupo de diplomáticos alemanes cuya misión es repatriar a los marinos del acorazado Graf Spee, hundido en el Río de la Plata. Entre ellos está el apuesto abogado Marthin Müller, de carrera ascendente en las filas nazis. Amalia y Marthin no podrán refrenar una poderosa atracción que tendrá consecuencias dramáticas e impredecibles para ambos. En Secreto bien guardado, los personajes se debaten en medio de pasiones, equívocos y situaciones límite sin tregua. Con estilo directo y un sólido trasfondo histórico, esta novela vertiginosa y atrapante de Viviana Rivero opone la fuerza liberadora de los sentimientos a la cárcel de las convenciones sociales.
Mi nombre es Elisabeth Ortega, soy fotógrafa profesional y gorda de nacimiento. Hoy en día, para hacerlo más bonito, nos llaman chicas curvy, pero soy realista; dentro de esta sociedad soy gorda, sin embargo, realmente lo que tengo más gordo son el culo y las tetas. Me considero una chica sexy, rompedora, aunque me ha costado mucho llegar a quererme tal y como soy. No siempre fui atrevida, al contrario, me preocupaba demasiado por mi aspecto, y llegué a hacer cosas de las que me arrepiento y cuento en este Diario de una FatGirl. Dejé de creer en el amor. Para mí, los hombres eran de usar y tirar, porque, sí —por mucho que os alucine—, las gordas también follamos. Todavía hay a hombres a los que las curvas les pierden, y ahí es donde entra Patrick —o Patricio para los amigos—. Era un capullo, alguien que sabía que no me convenía y con el que daba por hecho que no podría tener un futuro, pero estaba demasiado bueno para que mis hormonas no reaccionaran ante su presencia y sus ojazo...
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